viernes, 22 de febrero de 2008

Soñemos que la nieve arde

Prometí leer Los hombres que dispersó la danza y lo cumplí al poco tiempo... Lo que ya no cumplí tan rápido fue comentarla. Revoloteaban muchas ideas en mi cabeza pero descubrí que realmente pocas estaban ligadas directamente con la obra de Henestrosa.

Desde luego, el comentario aún así es largo y pueden verlo en mi página con el título de Binigundaza. Espero haberle hecho justicia.


Geocities chupó faros hace tiempo, pero pude rescatar mi reseña con la máquina del tiempo. Hela aquí.

La edición que tengo de Los hombres que dispersó la danza del escritor oaxaqueno Andrés Henestrosa es del Fondo de Cultura Económica. En el libro también vienen otros escritos de Henestrosa, compilados por Alí Chumacero, más un prefacio de Luis Cardoza y Aragón.

Antes de hablar sobre el contenido de Los hombres, debo decir que el prefacio de Cardoza me sirve también para iniciar mi comentario. Dice:

La poesía indígena me interesa en su forma primitiva y cuando advierto - casi instintivamente, podría afirmarlo - que se le ha respetado. Es indispensable que se nos dé con su "barbarie" y su extraño refinamiento, su ritmo y sus repeticiones, sus insistencias y juegos característicos.

Esta idea de "primitivismo" (en el sentido de tosquedad o simplicidad) y "barbarie" es la que caracteriza al cómo se valora la literatura indígena. Por que esta literatura ciertamente existe; ha sido durante el siglo pasado y el presente cuando se han dado significativos avances sobre su desciframiento en lo que refiere a la producción prehispánica. La escritura maya, mixteca y zapoteca (entre otras) ha empezado a ofrecer lecturas significativas sobre las ideas y figuras retóricas propias y antiguas de las lenguas mesoamericanas. Aún cuando a veces su contenido es histórico, religioso o simplemente "etiquetador", nos acerca a su pensamiento e intereses en su propia voz.

Esto significa que es apenas que empezamos a darnos una cabal idea de la extensión y alcances de la expresión literaria de los pueblos indígenas, puesto que lo que está escrito en los monumentos precoloniales o en los códices no hubiera podido entenderse sin acudir a los actuales hablantes de las lenguas en las que fue concebido. Por esta misma razón nada impide que nos sean devueltas, y hay que procurar que sea así.

Tampoco podemos olvidar que, aunque pocos, existen textos en lenguas indígenas redactados con el alfabeto europeo. Los hay también que están en español pero que capturan las formas discursivas y el pensamiento indígena. A este selecto grupo pertenece el Popol Vuh, los diversos libros del Chilam Balam o los escritos de Chimalpahin, Fernando Alvarado Tezozómoc o Fernando de Alva Cortés Ixtlixóchitl, por mencionar algunos. Mi impresión al leer el Popol Vuh es que dista mucho de ser primitivo o barbárico. Tal vez incompleto o un tanto ilógico, pero este relato sobre la cosmogonía y orígenes del pueblo Quiché no es simple ni salvaje. Lo mismo puede decirse de Los hombres que dispersó la danza.

Ahora bien, Henestrosa no dice si había leído alguna vez el Popol Vuh, pero es probable que así haya sido. En mi caso, al menos, la lectura de Los hombres precedió a la del Popol Vuh y percibí una relación lejana, a veces definida y a veces difusa, tanto en los temas como en el tono.

Todo inicia con la palabra binigundaza, cuya etimología propuesta por Henestrosa da título a la obra. Me da tristeza pensar que su análisis del vocablo condena al pueblo zapoteco a un eterno vaivén de confluencia y diáspora: yo prefiero pensar en la Guelaguetza que nos enriquece, con la que festejamos lo que somos y siempre seremos.

Ignoro también qué tan versado fuera Henestrosa en la religión mesoamericana pero sus referencias a la dualidad de la que surgen muchos fenómenos naturales es significativa. Respecto a la explicación de la lluvia, es muy curioso que con ello tal vez se junta la razón del culto a Cocij en forma de un ídolo de piedra. Angélica fue muy elocuente al respecto mientras observabamos los famosos mascarones del dios en Lambityeco: "pues sí, sin la lluvia no se hace nada en el pueblo".

Numerosas son los recuentos de las antiguas rivalidades entre el pueblo huave y el zapoteco en las cercanías de Tehuantepec. Así ocurre con una campana anhelada por los juchitecos y en posesión de los huaves desde tiempos legendarios. Después de frustar un intento juchiteco de hacerse de ella, los huaves la han resguardado desde entonces pues "no sea que a los juchitecos se les ocurra volver".

Seguramente filtrados por la imaginación popular, los mitos sobre los antiguos señores que se convirtieron en dioses se acercan a nosotros y hasta parecen contemporáneos. Sin embargo un nuevo dios único llegó para mezclarse con los ancestrales, y de alguna manera para el pueblo zapoteco Jesús de Nazareth viaja hasta su tierra para esconderse en los olivos, en los carrizos, entre los platanares. Perseguido implacablemente por "los judíos" (lo cual es singular pues el propio Jesús era judío), es delatado por la urraca, el pájaro carpintero o, sin querer, por la golondrina. Ya había dicho el cacique zapoteco Don Hernando de Coatlán que "no es mi amo Jesucristo, ni sé quién es", y no es de extrañar que su pueblo se viera en la necesidad de hacer al hebreo uno de los suyos, de hacerlo caminar por sus tierras.

Fuera por su asombrosa capacidad reproductiva, por servir alimento, por asociarle una natural sagacidad o por ayudar a eclipsar la luz del segundo sol, el conejo proliferó en la imaginación indígena. No podía faltar con cuatro relatos a su cita con Henestrosa.

En los códices mixtecos aparece encerrado en la olla de la Luna, en posición fetal. Fue arrojado a la cara de Nanahuatzin (según los libros de texto de la Conaliteg) para que no compitiera en igualdad contra el primer sol. Y en los relatos de Henestrosa se manifiesta desde cínico hasta heróico, desde cruel hasta traidor; sin embargo, ayudado por la natural y cautivadora narrativa de Henestrosa, es difícil negarle la admiración a pesar de sus iniquidades.
Si bien el Popol Vuh no se ocupa mucho de él, es abundante en la cerámica maya. Incluso participa en una escena escribiendo un códice o robando las pertencias de un dios. Dios, en el caso de Henestrosa, prueba al conejo y al encontrarlo tan capaz, le niega la grandeza que lo llevaría cumbres insospechadas.

En resumen, el libro es un atisbo más al sentir indígena a través de su mitología y sus leyendas. Fue redactado por alguien que, en dominio de la lengua en la que fueron concebidos, entiende bien la visión del mundo que implica. Comprobé que esto no es propiamente primitivo sino, en todo caso, prístino, primigenio. Sumando esto a los recursos de la prosa en español, obtenemos una cautivadora amalgama del rico repertorio de la imaginación popular del pueblo zapoteco. Sólo me habría gustado que Henestrosa quisiera proyectar esta obra hacia el futuro y no dejarla fosilizada en el pasado; es lamentable que esta tarea ha recaído en escritores extranjeros, muchas veces ajenos a la tierra que la vió nacer.

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